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AYER Y HOY DE VILLA SOLDATI

Buenos Aires SOS.- 18 de abril de 2011.- (Por Juan Chaneton).-  Y la historia bien puede empezar así: Don Giusseppe se bajó del bajel, del barco, del buque, del bote que lo depositó en la orilla, en tierra firme, en una economía firme por  entonces. Se apeó con sus bártulos y su familia, claro. Habrá pasado por el hotel, por ese lote de galpones y edificios a dos aguas que allí, pegado al puerto, se hacía llamar Hotel de Inmigrantes. Habrá pernoctado allí, la familia, asombrada, trémula tal vez de ansia y esperanza, el tiempo justo y necesario como para hacer pie en ese mundo nuevo que la providencia le deparaba, para largarse a caminar, muy luego,  la nueva ciudad, la que prometía, la que venía con perfil de proyecto y los llamaba a ellos,  a  los europeos que  no tenían espacio propio donde habían nacido, para que se lo forjaran acá, con paciencia de alfarero, con obstinación de místico, con ganas de trabajar de sol a sol para, algún día, regresar a la amada patria italiana pero, ahora, con una  “posición”  hecha.


En realidad, las excepciones a esta regla que prescribía “ir pero volver” fueron tantas que se invirtió el orden de las cosas. La mayor parte de los inmigrantes que arribaron a estas playas “por un mar que tenía cinco lunas de anchura”,  se quedaron. Entre éstos, Don Giusseppe. Don Giusseppe Soldati, así, con una sola te.
Que se llamaba, en realidad, José Ferdinando Francisco Soldati, que fundó la villa en 1908 y que murió en 1913 a los 49 años, es decir, joven.


El sur de la ciudad deforme raleaba de casas y vecinos, por aquellos años. Sólo el espíritu emprendedor incitaba a las gentes a aventurarse por semejantes andurriales olisqueando brisas, aromas, arborescencias y rincones de un barrio que todavía no había nacido pero que, al parecer, ofrecía oportunidades de trabajo, porque siempre hay de estas oportunidades cuando no hay nada más que la nada rodeándolo todo.
Una postal de época, en sepia o en gris, nos muestra calles de tierra,  empedrados solitarios, algún carro tirado por caballos, faroles de querosén y… las consabidas inundaciones. Eran tierras bajas, muy bajas.

 

Del basural al Polideportivo

Don Soldati, el que fundó el barrio, lo hizo porque trabajaba en el ferrocarril. La compañía que explotaba los nacientes  “caminos de hierro” de la Argentina lo ayudó en su empeño y así nació la estación que lleva el nombre del itálico y progresista emprendedor de proyectos inciertos. Y hay que decir que Soldati hizo  lo mismo ahí cerca, en el barrio de al lado, en Villa Lugano. También fundó Villa Lugano, digámoslo así.


Villa Soldati fue creciendo pese   a las inclemencias de la cultura ciudadana que, allá por los ’40, le obsequió con la iniciática descarga de varias carradas de basura, con lo cual pronto “el basural” fue parte sustantiva del paisaje y, con él, la humareda con olor a podrido y otras yerbas. El aire se puso azulado y sucio, las enfermedades devinieron amenaza constante pues la quemazón esparcía sus detritus por la zona, y aparecieron los cirujas a ganarse la vida contada en centavos, los cirujas que tenían doce años, o diez, o catorce o veinticinco… es lo de menos,  y que, además, comenzaron a convivir con toda la “mala entraña” que acudía del centro o de otros barrios, ya que semejante hábitat venía como anillo al dedo si de esconderse se trataba, y de eso se trataba, de burlar el pago de alguna cuenta fuerte, un par de muertos, algún robo importante, y se requería, entonces, de una guarida inaccesible que Soldati y Lugano procuraban con más que razonable seguridad, pues nadie se aventuraba por allí a ejercer el oficio de sheriff.


El basural duró mucho. Un año ya es mucho cuando se trata de vivir al lado de un basural en llamas, y aquí hablamos de décadas. Por fin se convirtió en  un Polideportivo. Hoy se extiende a lo largo y a lo ancho de un total de  120 hectáreas y en él se recrean  los vecinos de una amplia zona que incluye no sólo a Soldati y Lugano  sino también al conjunto de habitantes de las villas miseria que no han cesado de crecer en la zona, que cuenta con una “Corporación del Sur” para el desarrollo y modernización del ecosistema, del ejido urbano y, por ende, para el aumento, paulatino pero constante, de la calidad de vida de los vecinos, desvelo pertinaz  y obsesión constante de las autoridades.


Ocupa un lugar de 120 hectáreas, constituye el deleite y el desahogo, no sólo de los habitantes de Villa Soldati sino también de los de las villas y barrios vecinos. Se llama, todo este complejo, Parque Julio A. Roca y lo delimitan  la Avenida Escalada,  la  Coronel Roca,  la calle Pergamino y la Avenida  27 de Febrero.

 

El Indoamericano

Demasiados “Roca” para tanta pobreza, para tanto olvido, para tanto inmigrante extrañado  y para tanto “indio” de Bolivia, de Paraguay y del Perú, que también  pueblan  la zona estos connacionales latinoamericanos.


Demasiados Roca, aunque caben las aclaraciones. El Coronel Roca de la avenida homónima se llamaba José Segundo. Nació en 1800 y vivió 66 años. Combatió en Jauja, Pasco, Pichincha, Zepita y Trujillo y en las guerras del Paraguay  y del Brasil. Por la primera, ya les pedimos disculpas a los hermanos guaraníes. Por la segunda, los brasileños nos tendrían que agradecer, ya que después de ganarles en Ituzaingó con Alvear fuimos corriendo a la casa de Lord Ponsonby a prometerle que sería una victoria inútil, una batalla ganada pour la galérie y que el Uruguay nunca se uniría a nosotros, que se quedara tranquilo, no más, que seguiríamos divididos. Esto hacían nuestros “estadistas” allá por aquellos fieros años de forja de la patria y  el único Menelao que hizo oír su “recia voz guerrera” para oponerse a tanta infamia, el único que, cual escena de la homérica Odisea, se opuso a tanto desatino desbocado, ese único fue Manuel Dorrego. No alcanzó, claro. Hay metas demasiado ambiciosas para un hombre solo.


Y si la avenida que circunda al Parque se llama Coronel Roca, el Parque mismo se llama Julio Argentino Roca, que fue otro Roca, más que roca fue una piedra en el zapato para la historiografía liberal, que lo esculpió en bronce como fundador de la argentinidad y escondió bajo la alfombra tanto crimen abominable cometido en nombre del progreso.


 Será por eso, será porque tanto Roca venía a ser como una provocación o una legitimación ex post de la barbarie, que allá por 1993, cuando el Jefe de Gobierno de nuestra benemérita y muy digna ciudad era el doctor Don Fernando de la Rúa, también benemérito, se dictó la Ordenanza 47.533 disponiendo que el segundo espacio verde en extensión con que cuenta Buenos Aires (el primero es Palermo), pasara a expresar una reivindicación de los valores étnicos y culturales de los pueblos indígenas, esclavizados por los españoles y exterminados por “Julio A”. Y el homenaje fue: el espacio verde de Soldati y Lugano se llama, hoy, “Parque Indoamericano”. Y no sólo se concedió tal limosna moral a los pueblos originarios. También, de paso, se protegía la flora del lugar, por cierto rica y varia.


En cuanto a la fauna, está constituida por punteros políticos y taitas de todo pelaje dedicados a tráficos diversos. Fue el humus que fertilizó el conflicto reciente, cuando unas 350 familias, con niños, abuelas y hasta el gatito, ocuparon el predio en demanda de vivienda. Cerquita de allí queda la Villa 20, aquella donde el actual Jefe de Gobierno posó, en una memorable toma, con una niña pobre del lugar, allá por los inicios del 2007.


Al Indoamericano no lo circunda una “blanca venda de nieve”, como decía Olegario Andrade que era el caso de los nidos de los cóndores, sino la avenida Castañares y las calles Escalada, Cruz y Lacarra. Menos poesía y más dolor, acá.


Soldati, con “s” de sur, todavía reclama

Y así está hoy Soldati. Un poco mejor que ayer, desde el punto de vista del progreso material. Tiene luz eléctrica y cloacas. También circula la merca, que le dicen, pero esa, a esta altura de la soiree, se parece un poco a Dios, está en todos lados, aunque, a diferencia de  Él, casi todos la pueden ver.


Como solían hacer los nazis, que en medio del horror encontraban tiempo para delirarse con obras grandes y pomposas, de esas que ameritan el socorrido adjetivo de “faraónicas”, de modo parecido digo, el entonces “intendente” Cacciatore  pergeñó la idea de construir el parque más grande de Sudamérica. Lo iba a construir la empresa Interama que comenzó los trabajos pero quebró. Hoy queda, como testimonio de aquel ayer confuso, una torre de 180 metros de altura y 1500 toneladas de peso que iba a oficiar de mirador.


Y los barrios vecinos a Soldati son, a más del ya mencionado Lugano, Villa Riachuelo, Parque Avellaneda, Flores y Pompeya.


Dos o tres escuelas, un par de fábricas de relevancia y cinco o seis iglesias contribuyen, asimismo, a delinear el perfil del barrio.

Falta trabajo y vivienda. Es el sur mejorado pero todavía olvidado o, cuanto menos, no recordado al mismo nivel que otros barrios que, igual que Soldati, hacen su aporte a la ciudad y constituyen su seña de identidad más específica.

 

Coordinadora periodistica.
Gabriela Sharpe

Redaccion
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